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José Sánchez Ramos
 

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A tantos amigos jóvenes
que admiro y que me quieren

ESTOY próximo a cumplir los setenta años. Creo que es una gracia (también una conquista) de la vida. Una cima, más allá de la cual, sólo podemos atisbar la muerte. Pero, sea cual fuere la duración del tiempo que me resta pasar en este mundo, estoy persuadido de que tengo el derecho (también el deber) de vivirlo lo más plenamente posible. Vivir a pleno pulmón la propia vejez, lo que significa, en primer lugar, vivirla como tal vejez, sin negar ninguna de sus carencias, ni pretender volver atrás, cosa que, además de imposible, me privaría de las bondades y ventajas que, sin duda, conlleva la ancianidad.

Quiero y pido a todo el mundo que me dejen ser viejo. Mantener los ojos bien abiertos a todo lo que significa no ser ya joven. Que me permitan saborear a fondo lo que encierra esta última etapa de la existencia temporal. Cuanto representa la edad joven, con su bagaje de sueños y afanes de libertad, con sus ansias de amor y sus luchas por la personalidad, me lo supe muy bien en su momento. Igualmente, lo que significa ser adulto, consciente de sus propias responsabilidades, herido de continuo por inevitables tensiones, por infaustas decepciones..., también me lo he aprendido bien. Ahora quiero saber lo que es ser viejo, masticar el paso lento de los días aparentemente vacíos y adentrarme en el ameno bosque de no tener nada que hacer como obligación profesional, para así, poder hacer lo que me resulta más placentero o conveniente para mi situación real.

¡Ah, ya lo sé! Un anciano tiene como uno de sus primeros deberes, escuchar las demandas de su propio organismo, deteriorado por las posibles enfermedades sufridas, así como por el desgaste inevitable del paso del tiempo sobre la materia. Tal vez por eso, porque sé que son pocas las posibilidades que me restan de disfrutar de las bondades de esta vida, reclamo para mí el derecho de gozar todavía, alguna que otra vez, de un paseo solitario, que me sumerge por entero en un paisaje de mar o de montaña, de huerta o de río; de una música escuchada con el alma, más que con el cuerpo; de la lectura de un libro que me pone en comunión con valores inalienables de la vida humana; de un encuentro de amistad, con abrazo cálido y sereno, con comunicación escueta y sincera ; y siempre, y en todo ello, con la gran interrogante: Dios. Con la más firme certeza: Dios. Con la necesidad que hace de mi entera existencia un valor absoluto: Dios.

Tengo derecho a todo ello (¿quién podrá negarlo?). Son los placeres a los que no estoy dispuesto a renunciar. Pero tengo derecho, sobre todo, ¡oídlo bien!, tengo derecho, a morir tranquilo; en paz conmigo mismo y con los demás; sin restos de antiguas ambiciones, que distorsionaron mi mirada sobre la vida y sobre el mundo; sin amarguras, desengaños y resentimientos, que quisiera ver totalmente ahogados en el océano del perdón más total y de la aceptación más generosa.

Y, cuando ya no pueda -si llegare el momento-, ni pasear solitario, ni escuchar música, ni leer disfrutando de una página, ni conversar placidamente con un amigo...; aquello que quede de mi vida no seré yo; será sólo el despojo de una existencia acabada. Ceniza, sólo ceniza de aquella hoguera de amor en que mi vida resplandeció hasta consumirse. Pero, no me tengáis lástima, ¡no!. Seré dichoso de haber sido un instante de luz y de calor

Ser viejo es tener conciencia clarividente de que humano es sinónimo de limitado, inacabado, en proceso, en camino. También ahora, en la vejez, he de seguir caminando. Caminando hacia mí mismo, que nunca me poseeré del todo antes de la muerte. Caminando también hacia una comprensión mayor y más luminosa de la realidad global en que se inserta y cobra su sentido mi persona. Nada soy sin los demás, sin este mundo. Atento, pues, a lo que la realidad me presenta y me pide cada día, mi vejez no será una edad inútil, siempre que sepa responder a lo que la vida me pide, aunque sólo me pida ya prepararme para la muerte, una muerte que habrá de ser el punto final, el punto luminoso y definitivo, que hace de mi entera existencia un texto acabado, un texto apto para ser leído.

Soy anciano. Esto no quiere decir que me considere un trasto inútil; pero sí que la utilidad de mi existencia actual, discurre por caminos muy distintos a los de antes. Y, ¡cuánto bien hace a mi vida el no pretender (por otro lado, imposible) transcurrir por los senderos de antaño!

Soy un anciano (también me gusta decir "viejo", en cuanto se contrapone a lo que está empezando, y reconoce no tener ya el mismo tipo de futuro). Y lo soy muy gustosamente (no siempre en el mismo grado), precisamente porque estoy convencido de que "no soy un trasto inútil", aunque no pueda hacer con los demás y para los demás las mismas cosas que hacía antes. Pero sigo siendo una persona (¡oh, maravilla!); y, el valor absoluto de la persona no queda condicionado por el número de años, lo mismo que por ningún otro accidente de la historia personal de cada individuo.

Más aún: pienso que los muchos años vividos (o, la intensidad con que se han vivido), entregados al cultivo y defensa de la dignidad, los derechos y los valores humanos, dan precisamente a la edad madura un bagaje de ideas y sentimientos, un poso de experiencia y síntesis, que le permiten ahondar y beber en las aguas más refrescantes del sentido de la vida. Modestamente, creo que este es mi caso. Lo último que un anciano debe perder, es el sentido de la vida, es decir, que la vida sigue teniendo sentido, valor, orientación, contenidos..., hasta el mismo momento de la muerte ¡y más allá de la muerte!

Pienso que, la persona mayor que haya perdido esto de vista, se ha perdido en gran medida a sí misma.

Sé muy bien que me ha tocado vivir en una época de exaltación, casi paroxismal, de todo lo joven, lo juvenil, lo nuevo, lo novedoso. Pero esto no deja de ser una moda, y todas las modas pasan. Yo mismo soy, como fiel hijo de mi tiempo, un admirador enamorado de lo que es (o representa) la juventud, como edad de lo que irresistiblemente avanza, como imagen del porvenir asegurado.

En algún lugar (y, tal vez, en más de una ocasión) he escrito y proclamado que yo no sé amar la vida sin los jóvenes. Cuando era joven, uno con ellos. Ahora que soy de esa llamada "tercera edad", por ellos y para ellos.

Esto quiere decir, en primer lugar, que mis setenta años vividos, no han matado en mí la capacidad moral e intelectual, pero sobre todo espiritual, de conectar con las nuevas generaciones, y ellos lo saben. ¡Veo tanto bueno en los jóvenes de hoy día! ¡Espero -no principalmente para mi provecho, sino para el de la historia humana- tanto bueno de sus potencialidades de ensueño y rebeldía, de pasión y de ternura! Tal vez, mi optimismo cara a la juventud de ahora pueda parecer ingenuo o, al menos, excesivo, a más de un coetáneo. Pero yo, después de haber vivido y amado en este mundo durante casi setenta años, no concibo esperanza en un futuro mejor, si no es con ellos y por ellos, tribus nuevas de nueva sangre, roturadoras de nuevas aventuras humanas, en la más hermosa Globalización de la intocable Dignidad Humana. Mis sueños de una civilización basada en el amor, como eje dinamizador de toda la cultura humana y de la convivencia entre pueblos, razas y religiones, sé que serán realidad gracias a ellos. ¿Cómo no mirarlos con verdadero arrobamiento?

Sí, sí, os lo otorgo, hermanos y hermanas de mi generación: los jóvenes de hoy muestran (o, así nos lo parece) poca gratitud hacia nosotros; parecen no necesitarnos para nada, ni contar con el acerbo de nuestra búsqueda anterior, ¡como si partieran de cero!...; sí, os lo otorgo. Pero, me otorgaréis vosotros a mí, hermanos que, nos sigan más o menos, acepten o no nuestras síntesis culturales y espirituales, ¡son nuestros hijos generacionales!; no se han hecho ellos a sí mismos, sino que son el resultado de lo que nosotros fuimos capaces de sembrar en los surcos del futuro en los que ellos han florecido. Y porque siempre intenté (los fallos no faltaron, ¡por supuesto!) luchar para abrir a la humanidad histórica horizontes de paz y de fraternidad, de bien común y de abrazo universal..., tengo fe en la semilla depositada y en el fruto que habrá de ser cosecha en los brazos y en las mentes de las nuevas generaciones. Son mis hijos, y no puedo dejar de amarlos con admiración y esperanza.

Creo que he llegado a viejo para poder así admirar más y mejor lo que es la juventud y cómo son los jóvenes concretos que nos rodean. Y sé que los necesito. Sé también que ellos me necesitan, aunque tal vez no tengan tiempo para reconocerlo. En esto les llevo ventaja: en mi actitud de admiración y entusiasmo por ellos. Yo dispongo de mucho más tiempo que ellos -tan ocupados siempre-, para contemplar la vida con sus claroscuros, sus llamadas del presente y sus destellos de futuro. Sus lecciones en definitiva, siempre presentes, de fidelidad a todo lo auténticamente humano, en lucha contra cuanto lo amenaza.

Amo a los jóvenes, sean como sean, actúen como actúen, y no puedo dejar de amarlos porque en ellos amo la juventud de todos los tiempos, incluida la mía, incluida la de Dios, el Eternamente Joven. El día en que dejara de amar a los jóvenes se perdería en mi espíritu toda noción de audacia, de creatividad, de libertad, de entusiasmo, de belleza, ¡de amor, en definitiva! Y no es que esas cualidades pertenezcan en exclusiva a las gentes de edad temprana, ¡qué va!; sino que ellas las actualizan en cada paso del proceso histórico, para que nunca dejen de ser patrimonio de la humanidad en marcha.

Tampoco es fácil ser joven, aunque, afortunadamente, la naturaleza ha dotado al espíritu juvenil de una especial capacidad de sorprenderse y de atreverse, de vivir abierto y sin temor a lo desconocido, que le permite afrontar el riesgo imprescindible para escalar nuevas cimas de felicidad y de convivencia entre humanos. ¿Qué alma joven no se ha visto a sí misma, siquiera en sueños, explorando las entrañas de la tierra, participante de una aventura espeleológica, o, bajo otro aspecto igualmente deportivo y aventurero, ascendiendo a una cumbre nunca hollada antes, desde la que vislumbrar horizontes destellantes de novedad imprevista? Y, en definitiva, ¿qué es ser joven, sino albergar la apasionante ilusión de penetrar por primera vez en un seno virgen, o descubrirse a sí mismo encumbrado en el vértigo de una cima que se me rinde?

Soy anciano. De ello comencé hablando en esta página, para terminar haciéndolo de la juventud, de los jóvenes (¡Qué extraña metamorfosis, ¿no?!). Para terminar reconociendo que, vale la pena haber llegado a cumplir cierto número, más o menos elevado, de años, si ello significa saber mirar a esos jóvenes que avanzan con todo el arrojo y la fuerza de lo que busca expandirse por su propio dinamismo interno, y toda la gracia extática de los radiantes y prometedores amaneceres que bullen en sus sangres.

Porque los jóvenes siempre serán eso: coraje, embestida, anunciación...; aunque resulten no pocas veces víctimas de falsas concepciones de la vida (que otros desde el poder les imponen), o ellos mismos se empeñen en negar que lo son. Los jóvenes, la juventud, siempre mantendrá en alto, de una manera u otra, para bien de todos, la bandera de la vida como búsqueda y como don de sí mismo. Un joven que no tiene ansias de darse, es un viejo con pocos años a cuestas. Y, la sincera actitud de búsqueda, convierte en joven el alma más arrugada por el paso del tiempo.

Desde la torre de vigía de mi ancianidad, os miro a vosotros, los jóvenes, moviéndoos con tanta agilidad y sutileza (a veces, también, con incertidumbre o pesadez) en las mil y una direcciones del campo de la actividad humana. Os miro casi tanto como al Dios de Jesús, que es el que me ha enseñado a contemplar todo lo "otro", como signo de su Presencia vivificadora, restallante del Amor que nos salva. Os miro y os admiro como algo tan mío, como tan mía es la fe que me hace saber que ninguna vida es inútil, y ningún esfuerzo o sacrificio a favor de la grandeza y dignidad humanas, deja de tener asegurada su cosecha de Vida en Plenitud.

Mas, si algo queréis retener -hacer vuestro- de este viejo que tanto os valora, retened, por favor, tan sólo, mi forma de abrazar; mi abrazo, tan abierto a todos como cerrado (apretado) sobre cada uno; mi más inconmovible certeza de que vale más abrazar lo "otro" , abrazar al "Otro", que levantar fronteras (del tipo que fueren) para defender lo mío.

Nada nos abre más al Infinito como un abrazo. Abrazad siempre y de todo corazón. Abrazad con un abrazo abierto, para dar y recibir lo mejor que cada uno llevamos dentro. Abrazad sin reticencias, hasta permitir que el calor de los dos cuerpos enlazados, de todos los cuerpos fundidos en un mismo sentimiento de gratitud y de gozo, de entusiasmo y de abandono..., os revele que la vida es abrazo, que el universo es abrazo, que Dios es el Abrazo que no cesa de buscarnos, para volcar en cada uno de nosotros, nacidos de una efusión de su Amor divino, toda su Gracia y su Gloria; toda esa dicha sin fondo que cada abrazo preconiza.

¿Puede considerarse "un trasto inútil", un ser arrinconado, un estorbo para los demás, un viejo sin futuro..., aquel, aquella, que lleva en todo su ser grabadas la fuerza y la ternura de un abrazo invencible?

Antonio López Baeza

NADA SÉ DE LA VIDA SIN LOS JÓVENES

FUERON mi vida entera, cuando joven.
Mi entera vida hoy, cuando soy viejo.
Antes, por el camino en compañía.
Ahora, por la esperanza puesta en ellos.
Nada sé de la vida sin los jóvenes,
porque, más que los frutos, vale el sueño;
y, en toda carne abierta a un imposible,
duerme un poder divino, al acecho.
Todo cuanto acerté a amar y aún amo,
lo amé y lo amo en ellos y con ellos.
Mirándolos venir desde la aurora
veo venir la eternidad a besos,
veo triunfar la vida sobre el caos,
y veo, en todo abrazo que no cesa,
un florecer de Dios cercano y tierno.
Veo la sangre joven como un incendio puro
que habrá de consumar el Mundo Nuevo.
Amo esta juventud, que no me pertenece,
y a la que lo mejor que tengo entrego.
Fueron mi vida, yo con ellos joven.
Mi vida, ahora también con ellos, viejo.

(A. L. B.)