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José Sánchez Ramos
 

ORACIÓN DEL ÁRBOL

A Pilar, mi hermana Versión imprimir

SEÑOR, mi Dios y mi Creador: Tú eres todo cuanto yo necesito, todo cuanto yo soy y puedo desear. Tú eres la buena tierra en que se hunden mis raíces sedientas de savia y fortaleza; Tú eres el humus que me da ternura y frescor, el aire que me aporta oxígeno y renovación, el sol que me besa y me traspasa con los ritmos cambiantes de sus estaciones, la lluvia oportuna y el rocío matinal que me fecundan con la alegría incesante de lo alto. ¡Tú eres todo cuanto yo necesito!

Yo sólo soy el necesitado de todo cuanto Tú eres. Mis raíces, mi tronco y mis ramas, mis hojas, mis flores y mis frutos, son el canto de tu Misericordia infinita que me hace ser una realidad maravillosa en el conjunto de todas tus grandezas creadas y en el servicio a la armonía de toda tu creación. ¡Yo soy sólo el necesitado de ti!

Señor, mi Dios y mi Creador, yo sé muy bien que Tú no eres árbol, pero que ningún árbol puede ser sin ti. Sé que, en la semilla que dio origen a mi vida, se encierra, desde la Eternidad, tu voluntad de que yo llegara a ser. Sé igualmente que, cuando mis raíces se sequen, y mi tronco deje de arrojar su sombra sobre el suelo en que está plantado, otras semillas que brotaron de mis entrañas, llevarán el recuerdo impreso de mi ser, y en él, indeleblemente grabado, el recuerdo de ti, por quien llegué a ser un árbol entre otros árboles, multitud de árboles, de la madre tierra. ¡Yo sé muy bien que Tú no eres árbol, pero yo he existido en ti desde la eternidad!

Gracias a ti, reí en la primavera y pude soportar los rigores del invierno; gracias a ti, florecí y di frutos, a su tiempo, de sabrosas entrañas; gracias a ti, supe que una existencia verdadera, ajena a frustraciones y desencantos, es aquella que se deja conducir por los mil detalles de tu Amor que hacen posible la vida de un árbol, como criatura tuya, en comunión de alabanza con todas las criaturas que reconocen y proclaman la Sabiduría de tu Amor. ¡Gracias a ti, ser árbol, es mi manera de participa en la Sabiduría de tu Amor!

Señor, mi amoroso Creador, que me quisiste árbol, y no monte ni río, ni animal ni estrella…,no quiero ser otra cosa que el árbol preciso que brotó en tu Mente antes de que me llegara el tiempo de ser una realidad viva, una vida vegetal arraigada en tierra. Ni quiero ser otro árbol distinto al que en realidad soy, por más que existan árboles más esbeltos que yo, árboles de flores más bellas, de frutos más sabrosos, de sombra más intensa, o de madera más noble y resistente... ¡Mi valor no radica en la calidad de mis frutos sino en la aceptación gozosa y fidelidad a mi propio ser! ¡Mi felicidad está en ser árbol, y no monte ni río ni animal o estrella!

Sirvo a la variedad de tu creación, que parece nunca agotarse. Sirvo a la multiplicidad de formas, colores y combinaciones que enriquecen sin medida el paisaje del bosque y la montaña. Sirvo a la regeneración del aire que ensancha los pulmones de tantos vivientes y les permite saberse criaturas en comunión con todo cuanto alienta en el universo. Sirvo a los pájaros que anidan en mis ramas y me sobrevuelan tejiendo redes de infinita transparente armonía. Sirvo al caminante que se detiene a tomar a mi sombra un respiro en su fatiga, o a meditar un instante, apoyando su espalda en mi rugoso mástil. Sirvo al paladar que distingue sabores. Sirvo a la mesa que congrega a la familia. Sirvo al niño que aprende a mirar al azul infinito trepando temerariamente por mi áspero y desnudo tronco. Sirvo (¡y cómo celebro poderlo hacer muchas veces!) a los jóvenes amantes que buscan mi cobijo para dar rienda suelta a la pasión que los redime, y tallan en mi corteza un corazón traspasado encerrando los nombres y la fecha de su entrega de amor único. Sirvo… ¡Sé que sirvo, que soy útil; y servir es toda mi dicha!

Pero, aunque no sirviera para muchas o ninguna de esas cosas, ¡soy un árbol! Y un árbol siempre será una maravilla a contemplar, una lección de vida a admirar y compartir, un arquetipo de la más auténtica existencia: aquella que busca ahondar firmemente en el suelo para mejor alzar sus brazos, en clamor y plegaria, hacia el cielo; aquella que sabe encontrar el punto exacto de intersección -la cruz en que se define todo árbol- donde, el Amor más Divino, se cruza y se hace uno con el Amor más Humano, el Cielo con la Tierra, el horizonte que nos alarga con la verticalidad que nos eleva. ¿No fue un Árbol -el Árbol que inauguraba el Nuevo Paraíso de Dios con el Hombre- el que sostuvo entre sus ramas el Cuerpo Entregado, el Fruto Ensangrentado, del Amor más puro, más universal y gratuito? ¡¿Cuántas maravillas no pueden ser contempladas en lo real y en lo simbólico de un árbol?!

Gracias, Señor, mi Dios y mi Creador, por haber hecho de mí un árbol, sólo un árbol, un sencillo árbol. Sé que hay otros árboles, plantados en lugares distintos -paisajes de ensueño-, más hermosos y amenos que esta ladera de monte, en la que tu voluntad ha querido que yo encuentre toda mi razón de ser, toda mi fecundidad y sentido de mi vida: aquellos que están en una cima alta, muy alta, hermanos de la nieve y de las águilas, de las nubes y de los rayos desatados de la tormenta; y que parecen tocar tu cielo con sus enhiestas ramas; o aquellos otros que florecieron a la ribera del mar, siempre arrullados por sus olas sediciosas y traspasados por sus azules cambiantes de infinito(de los que sólo sé lo que he oído contar al viento). ¡Un árbol es un abrazo a todas las comunicaciones que circulan por el espacio abierto!

Cuando yo desaparezca de este lugar, Señor, porque mis raíces se han secado y son incapaces de transmitir savia a mis ramas, ¡cómo me gustaría que otro árbol, otra vida semejante a la mía, ocupase el lugar que yo he dejado vacío! Pero si Tú quieres que mi lugar quede estéril, sin descendencia, o que, con el tiempo, lo ocupe un arbusto improductivo, cobijo de alimañas, o, tal vez, que los humanos edifiquen su vivienda cimentando sobre el espacio abierto que fue mi dicha y mi libertad…, ¡no importa, Señor, mi Dios y mi Creador! Yo sé que, lo mismo que fui un árbol en tu Mente Eterna, antes de serlo en un Universo en constante mutación, seré, seguiré siendo, una sonrisa de esperanza, una vocación de abrazo, una palabra de paz, en todos los árboles vivientes de la Tierra, desde ese designio tuyo de unificar en tu Amor todo lo creado, y de que no se pierda nada de cuanto, en la fidelidad a sí mismo, aportó su propia gracia, en comunión de destino, y en generosidad de entrega confiada, al conjunto de tu Creación en marcha.

Y, si un día, yo muriera del rayo, que cayó del cielo para hender mi tronco y calcinar mis raíces…, ¡seguiré diciéndote a ti, que sí, mi Señor, que eres el dueño de la vida y de la muerte, y me has hecho saber que vives en cada árbol que vive y mueres en cada árbol que muere, a fin de que nunca muera en nosotros la alegría de vivir, ni la certeza de que ninguna muerte es inútil! Amén.