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José Sánchez Ramos
 

LA VERDAD DEL AMOR Y EL AMOR A LA VERDAD

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EL amor es el hilo conductor de mi discurso vital. Pienso que no son posibles una verdad y una libertad auténticamente humanas, si no están basadas en el amor. Incluso, sin el amor a la verdad, resulta imposible la verdad misma (la verdad no se revela sino a quienes la aman).

Por demás, no existe una verdad abstracta, que pueda pensarse al margen del amor a la vida, de espaldas a las necesidades e intereses vitales del sujeto que la piensa. Solo es verdad humana la que ayuda al hombre a ser más fiel a sí mismo, más capaz de comunicación e intercambio con otros seres humanos y con el conjunto de la creación; más libre, audaz y creativo. ¿Y, habrá alguien que piense que estas cualidades imprescindibles a la existencia humana puedan darse al margen del amor?

Para defender o acrecentar la vida humana, es inútil partir de otra verdad que no sea la del amor a la verdad misma. Amando la verdad de mi ser hombre, sortearé baches y trampas en el itinerario hacia mi propio yo, mi único yo verdadero, el que no se me puede dar en tanto ande enredado en falsas concepciones de la vida, concepciones de pugna y competitividad con otros, concepciones de posesividad y dependencias, concepciones de placer como sentido último, ¡tan fáciles todas ellas de aceptar bajo sus seductores cantos de sirena!

Cuando yo comprendí esto que acabo de escribir (que nunca se acaba de comprender del todo), allá, alrededor de mis cuarenta años, bajo la luz de una intensa meditación de la Biblia, y con la ayuda de pensadores tales como Romano Guardini, Thomas Merton, René Voillaume y Marcel Légaut (entre otros), confieso que mi vida cambió de manera notable y sensible. Comencé a cuestionarme toda la educación recibida, a revisar todas las verdades de fe y normas de conducta aceptadas, a valorar mi tarea pastoral como un ejercicio de creatividad y de servicio en la gratuidad, y a sostener una conciencia crítica acerca de todo cuanto podía influir, positiva o negativamente, en mi sabiduría de la vida, en mi conciencia de estar vivo, en la fidelidad a mí mismo y a la misión que de mi ser íntimo brotaba.

El mundo entero se me hizo nuevo. La vida total se me convirtió en gozo y tarea. El trabajo pastoral y el literario, ambos poco a poco más armonizados entre sí, se me abrieron como fuentes de autoconocimiento y sensibilidad hacia todo lo noble, justo, verdadero y hermoso de la humanidad. Me hice más humano, comprensivo, tolerante, capaz de escuchar. Las dificultades provenientes de mi salud aquejada, sobre todo en el tema visual, y de los conflictos ya declarados con una nueva orientación eclesial que se alejaba a pasos decididos del Vaticano II (al menos, tal como lo habíamos entendido hasta entonces), no me hizo mella en mi actitud de esperanza y búsqueda, más allá de los inevitables escollos surgidos de la división de pareceres enfrentados en la Iglesia, de la muerte de mis padres acaecida por aquellos entonces, y de la quiebra de mi salud con su consiguiente inactividad imperada. No; no me hizo mella, gracias a que había comprendido algo de valor inestimable: yo no soy el salvador del mundo ni de la Iglesia; soy no más que un modesto servidor, y mientras mantenga la voluntad del servicio humilde, desinteresado, nadie puede impedirme hacer lo que realmente tenga que hacer, lo que Dios quiere de mí, lo que los demás de mí necesitan.

* * *

Cualquier otra verdad distinta a la del amor, termina siendo el becerro de oro, que esclaviza a sus adoradores y los sitúa de espaldas al Dios de la Vida. Y ello es así porque, solo la verdad del amor coloca a la persona por encima de todo miedo, y por tanto, escapada de todo afán de seguridades en el camino hacia sí misma, de todo intento de imposiciones y poderío sobre los demás, de toda pretensión de poseer para si o por sí solo la verdad que nos salva.

Es el momento dichoso en que descubro el valor salvífico de todas las religiones de la tierra. Todas contienen semillas del Verbo. Todas son expresión histórico-cultural de la voluntad salvífica universal de Dios. De ese Dios más grande que desborda todos los límites de dogmas, creencias, ritos, estructuras e instituciones temporales. Me acerco a otros libros sagrados (El Corán, Bagavad Gita, Tao Te King, Upanishads), y todos ellos me acercan algo de la verdad del amor, en forma unas veces complementaria a la revelación judeo-cristiana, en forma otras veces de nueva perspectiva para acercarse a la misma salvación única por el amor.

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El que ama la verdad y la busca, tarde o temprano descubre que su ser desnudo y vulnerable es también su verdad más invencible, la que lo constituye abierto a dar y recibir amor. El miedo, que vive siempre agazapado en el corazón del hombre, y que cuando salta produce estragos y horrores dentro de sí y en su entorno, es el de no amar y no llegar a ser amado. Pero en la verdad del amor no cabe tal alimaña.

El que ama la verdad y la busca con amor, ama su propia verdad, la de ser él mismo, sin negar ni querer añadir nada a lo que en verdad es. Mi sensibilidad, la que siempre me ha acompañado desde que tengo conciencia de mi ser yo, es, ciertamente, una sensibilidad dúctil y ardiente, como metal en perpetua fundición. Mi sensibilidad va tomando la forma de todo cuanto ama, hasta el punto de que lo amado en cada momento se convierte en la forma propia de mi sensibilidad.

Contra esa manera tan fácil de apegarme a los seres que impactan mi fondo hambriento de belleza y ternura, luché inútilmente durante años. Lo creía un peligro para mi entrega a Dios en la contemplación y en la caridad pastoral. Hasta que un día supe, gracias a la misma contemplación de amor y a la misma entrega pastoral, que Dios no quiere mi amor en exclusiva, sino en preferencia; que no se nos pide amar a Dios contra todas las cosas, sino sobre todas las cosas; y que amando mucho a todas las cosas, sin olvidar su ser de cosas, es decir, de criaturas, puedo encontrar en ellas un trampolín hacia Dios y una forma misma (una ocasión cada vez nueva) de amar al mismo Dios. Amando a las criaturas, también se llega a amar al Creador, que nos ama en las bondades de cada una de ellas, y en cada una de ellas nos pide nuestro amor. Lo peor sería no amar por miedo al amor.

Acepté entonces, con gran liberación, la parte femenina de mi psicología masculina, que salía con ello notablemente enriquecida en equilibrio y flexibilidad, pese a que nunca perdí aquella satisfacción de ser varón, que me acompañaba desde mi adolescencia. Acepté con paz y armonía interior mi ternura, más acogedora que emprendedora; mi estar en la vida que se caracterizaba por una alegría del ser compartido, mucho más que por las satisfacciones de la conquista y el dominio en un campo de la actividad humana. Acepté que enamorarse en esta vida es una forma natural y positiva de estar vivo. Me di cuenta de cuánta riqueza aportaba a mi trato con los demás, en el acompañamiento espiritual, en la predicación evangélica e incluso en la celebración eucarística, el hecho tan normal en mí de apreciar y resaltar con sincero entusiasmo los valores y encantos de las personas y ambientes entre los cuales se desarrollaba mi acción. Fui vulnerable, sin ocultarlo, ante los dardos de atracción de un hermoso cuerpo o un rostro poblado de misterio (¿cuántas veces no he temblado, de arriba abajo y de dentro afuera, al contemplar la magia de un cuerpo humano, proporcionado y armonioso, hecho presencia cautivadora?). Aprendí a dar gracias por tantas riquezas repartidas por el Creador en sus criaturas. El descubrimiento de las bondades me fortaleció para sobrellevar mejor los límites y carencias, míos y del prójimo que, no pocas veces, me hacían daño con esa verdad punzante de su ser criaturas en camino, incompletas, necesitadas, con cortantes aristas que afectaban mis puntos más flacos, a pesar de aquellos otros aspectos atractivos que emocionaban y enaltecían mi sensibilidad. Amar a los seres humaos es amarlos en su verdad de humanos, que no niega sus bondades ni minimiza sus carencias. ¿No es así también como tengo que amarme a mí mismo? ¿No está en tal actitud encerrada gran parte de la verdad del amor?

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Una verdad abstracta que logra convertirse en un absoluto -tal como resulta la idea de Dios al margen de la experiencia mística-, hace del hombre o mujer que cree poseerla un orgulloso fanático, un violento enemigo, más o menos camuflado, de la auténtica libertad. No se encuentra verdad en ninguna forma de fanatismo dogmático, que pone pegas al diálogo abierto, y por tanto al mutuo intercambio y enriquecimiento en la verdad que asiste a todos cuantos la aman y la buscan. Por el contrario, jamás la persona conducida por el gozo del conocimiento amoroso de Dios, podrá nunca negar la fuerza del amor como verdad universal que nos salva.

Esta es también la verdad más acrisolada de mi propia existencia. Este es el yo verdadero de mi experiencia humana. Dios ha venido a ser para mí (sólo Él sabe cómo) esa búsqueda insaciable (pero reconfortante) de la verdad que mejor me conduce hacia mí mismo, y, en mí mismo, al abrazo íntimo con Él. Dios es la menos abstracta de todas las verdades que tientan al hombre, al ser Verdad de Amor que nos enseña a amar.

¿Por qué a tantas personas les resulta tan difícil -e incluso imposible- aceptar a Dios como la Verdad del Amor, en tanto que a otras -ciertamente en minoría- les acompaña como el leit motiv, como el cantus firmus de sus vivencias más acrisoladas? No sabría yo dar una respuesta a esta cuestión con pretensiones de exhaustividad; ni lo pretendo. Creo que a los seres humanos, especialmente en el occidente cristiano, se nos ha tarado educativamente para el silencio de las profundidades. Somos mucho más hijos del ruido que de la escucha expectante; somos prometeo a la conquista del fuego, convencidos de que solo tiene validez para la vida temporal aquello que se gana con el propio esfuerzo. ¡Hemos perdido el sentido de la gratuidad! Y Dios es gratuito. Dios se revela como la gratuidad misma del amor que hace todo amor verdadero. Sin gratuidad no hay verdad de amor.

¡Cuán libre y bienhechora la persona que busca la verdad, la verdad sobre la vida, la verdad sobre sí misma, la verdad de los otros, la verdad de este mundo, la Verdad de Dios en la experiencia de un amor gratuito! Ella estará en condiciones inmejorables para compartir con otros los frutos de su propia búsqueda, lo mejor de sí misma; al tiempo que conseguirá enriquecerse con lo mejor de los demás.

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Y, no es que cada una de estas verdades -sobre sí mismo, sobre los otros, sobre Dios- sean distintas verdades. La Verdad es única, y hace verdadero -y único- a quien la busca y no la niega cuando la encuentra donde fuere. Es cierto, es innegable, que la verdad no abstracta, aquella que da vida al que la busca, sólo por el hecho de buscarla, no siempre se muestra como estrella clara en el horizonte. Hay que desearla. Buscarla comienza por desearla. Saber que existe, debe existir, pues de lo contrario, sin una verdad de amor, ninguna otra posible verdad satisfaría la búsqueda de nuestra ardiente soledad. Siendo sinceros con nosotros mismos: ¿no es cierto que la búsqueda más apasionada y constante de nuestra propia existencia es la de amar y ser amado?

Así lo fui sabiendo tras estudiar Filosofía y Teología. Que el saber no satisface si no es un saber que transforma. Que Dios es la Verdad que nos hace verdaderos porque nos inquieta, nos empuja, no nos deja acomodarnos a las falsas concepciones de la vida ni a cualquiera de las rutinas existenciales que atrofian la profundidad del ser, del ser a su imagen y semejanza. Pronto adquirí esta convicción: nadie tiene más interés que Dios en que yo sea yo mismo; cuanto más cultive su imagen y semejanza en mí, es decir, cuanto más divino me haga, seré más humano.

Gocé ciertamente más, mucho más, con los estudios de Filosofía que de Teología. De esta última fue la exégesis bíblica lo que más alimentó mi alma. En tanto que el dogma y la moral, me obligaron a buscar en otras lecturas -especialmente místicas: santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz- mi verdadera formación espiritual. Hoy, recordando aquellos años de formación, le agradezco a la Escolástica su método deductivo, pero sobre todo, su capacidad de no satisfacer a un alma joven en búsqueda.

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Si existe -y yo así lo creo- una verdad revelada, ésta no puede reducirse ni confundirse con una formulación verbal, susceptible de tantas interpretaciones como ángulos de visión culturales y experienciales desde los que se contemple. Y, pretender una única interpretación, de validez universal en el espacio y en el tiempo, no deja de ser una ilusión hija de los espejismos del poder. La verdad revelada, la verdad religiosa -religante- no puede ser otra que la fe en un Dios que busca a los hombres, a fin de que los hombres puedan encontrarse con Él. Buscad y encontraréis, dice el evangelio cristiano, cerciorándonos que Dios ha garantizado el hallazgo a toda búsqueda sincera. Es por ello por lo que: no me buscarías si no me hubieras ya encontrado; y aquello también de: nadie busca a Dios en vano, aunque parezca que no se le encuentra.

El Dios de la verdad revelada no cabe en mente humana; y solo en la actitud humilde, reverente, adorativa, puede el creyente ser tocado por el Misterio de Dios, por la Luz excesiva de su mirada amante. ¿No será esto lo que se contiene en la aserción del evangelio de Juan, "los verdadero adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad"? Para los creyentes en el Dios de Jesús, el Dios Padre/Madre que se revela en Cristo es un Misterio de Amor eterno, universal, gratuito. La Verdad de dicho Dios es su Amor, ofrecido a todos como esperanza y arma de combate contra todas las formas de mentira, de violencia, de muerte que subrayan el paso de los mortales por este mundo.

La Verdad de Dios que Jesús de Nazaret ha puesto a nuestro alcance se resume en esta Verdad del Amor. Como el Padre me amó, así os he amado yo a vosotros; permaneced en mi amor. El amor es la única hermenéutica de la Verdad permitida a los seguidores de Jesús. Todo cuanto no es juzgado o interrogado desde el amor, con amor, resulta reo de leso dogmatismo. Solo como experiencia de amor, Dios puede ser conocido y testimoniado. Y esta es también la verdad que nos hace libres.

El seguidor de Cristo proclama por activa y por pasiva que sólo el Amor salva. La Misericordia infinita de Dios es el estandarte de la Verdad que el cristianismo levanta en medio de todos los hombres y de los pueblos. Donde y cuando se cierran las puertas a la Misericordia Infinita (que, por otro lado, es únicamente la de Dios) los humanos tienen mayores dificultades para conocer la verdad revelada, el Amor que nos salva.

Si la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, Dios no puede dejar de hacer lo que quiere (no puede contradecirse a sí mismo): salvar a toda la humanidad histórica con su Amor (¡tanto amó Dios al mundo…!). Y la fe teologal es el regalo que Dios nos hace para que empecemos a gozar ya, aquí y ahora, de esa salvación por el amor que salta hasta la vida eterna.

Yo prefiero equivocarme por defender la primacía del Amor antes que la primacía de la Verdad. Apuesto por la Verdad del Amor, muy distinta y superior a la Verdad de la Razón. ¿No se dejó crucificar Jesús por la Verdad del Amor? ¿Y no esgrimieron, los que lo llevaron al suplicio, razones de la verdad política y religiosa de su tiempo para condenarlo? Con la razón se puede condenar lo más santo y revalorizar lo más inicuo.

Hoy como ayer, sólo los que viven y mueren en la defensa del Amor, alcanzan a ser testigos de la Verdad que nos hace libres. Esta es la posible y deseable evangelización del mundo de hoy. Este será el signo más convincente de que Cristo vive en su Iglesia. Solo en esta actitud -vivir y estar dispuesto a morir en la defensa del amor- se encuentran y se abrazan el amor a la Verdad y la verdad del Amor.

* * *

El Amor es el hilo conductor de mi discurso vital. Siempre que pienso en cuestiones tales como: ¿quién soy yo? ¿para qué he venido a este mundo? ¿dónde está la verdadera felicidad humana? ¿y la auténtica libertad? ¿qué esperan los demás de mí?; y, sobre todo, la cuestión que, a veces, tanto suele inquietar: ¿existe Dios? ¿y, cómo es?..., solo en el Amor -el amor que es comunión, solidaridad, servicio, gratuidad…-, suelo vislumbrar chispazos que me permiten avanzar en la noche. Sin el Amor, cualquier otra respuesta es, como mínimo, insuficiente. La tarea pastoral que no se fundamente en la transmisión de este amor (mistagogia), será cualquier cosa menos anuncio del Reino que viene por el Amor.

En más de una ocasión, ante el traslado pastoral de un cura o religioso/a, que vivía dramáticamente el tener que dejar a personas, a quienes amaba muy sinceramente, con quienes se encontraba comprometido en el camino espiritual y/o en el servicio humanitario, a mí, la única advertencia que se me ha ocurrido siempre ha sido decirles: donde quiera que vayas tendrás personas a quienes amar y servir. Y, oh maravilla, más de una vez, tales sacerdotes o personas consagradas, me han dado las gracias por aquel consejo que les libró de amarguras y les abrió a lo único necesario.

Yo, que he llegado a amar de manera muy entrañable a muchas personas de diversa índole en el ejercicio de mi misión evangelizadora, hasta sentir un desgarramiento semejante a la muerte al tenerlos que dejar, sé que el mismo amor a esas personas me enseñó a amar a otras con la misma intensidad, y sin que ello supusiera ruptura u olvido de las anteriores. ¿No es este uno de los milagros del Amor? El verdadero amor ensancha el corazón del amante más allá de todas sus capacidades y límites psico-físico-temporales.

Por todo lo aquí dicho (y mucho más que resulta imposible de decir), puedo afirmar con acción de gracias: el amor es el hilo conductor de mi discurso vital. Creo que solo por el amor se podrán excusar mejor mis excesos y mis errores. Estoy convencido de que solo por el amor se podrá comprender un poco el trasfondo de mi alma sedienta, insatisfecha. Si Alguien no me hubiera amado primero, yo no habría sido esa criatura insatisfecha, rastreadora por los caminos de la cultura y del arte, de la fe y de la razón, de las bondades y bellezas salidas al paso, de ese Amor que todo lo contiene y comparte, y en el que yo mismo me convierto en un ser compartido.