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José Sánchez Ramos
 

TODOS LOS RÍOS DEL MUNDO

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Para el Doctor D. Emilio Pérez  Pérez, insigne defensor del  Bien Común del Agua

AMO todos los ríos del mundo, los que he visto
y los que no he visto (¡qué lástima, morirse sin haber visto
todos los ríos del mundo!).Yo amo todos los ríos del mundo,
porque, los ríos son como las vidas, y yo
amo todas las vidas del mundo.

Yo para esto vine al mundo: para ser río,
es decir, para ser vida, que corre y corre a otros ríos,
que corre y corre a otras vidas, buscando siempre
el océano de un abrazo en que perderse.

Para esto vine yo al mundo, para ser río que mana
y mana de las entrañas telúricas de la tierra,
que brota y brota de las fuentes misteriosas de la vida,
y ama y ama todo cuanto encuentra a lo largo de su curso,
hasta llegar, habiéndolo abrazado todo a su paso,
a la mar, que es el morir.

Pero no, los ríos no mueren: quedan cantando
en el verdor matizado de las plantas que erigen
(como al descuido) en su fluir manso por las riveras;
se hacen dulzura encaramada en el frutecer (tan variado) de los árboles;
y mantienen, durante largo tiempo, la humedad de la tierra
a fin de que las semillas soterradas rompan un día
en asombro de primaveras efímeras en su loca eternidad.

No, no; los ríos no mueren, porque después
de haber sembrado a su paso belleza, dulzura, frescor y sombra,
¡todavía, a muchos ríos, les queda ímpetu y entusiasmo
para desposarse con la mar; la mar, inmensa
en su inquieta soledad y en su impaciente espera de amante!

Porque los ríos  -me lo han dicho ellos a mí mismo-,
corren tanto, dejan tanto tras de si, tienen que olvidar tanto
de cuanto han amado, besado, acariciado, en su divagar constante
por parajes de enhiesta hermosura, bajo cielos
de luces cambiantes o amenazantes ceños, soportar tanto...,
mientras discurren por montes y laderas, por vaguadas y valles,
entre ásperas rocas o dulces arenales, soñando siempre, en su corazón
despierto, con los brazos amantes del mar, la mar…,
su irrenunciable descanso eterno; ¡y sin poder
retornar a la cuna -nunca olvidada- de su desnuda infancia…!


Yo amo todos los ríos del mundo, todas las luces del mundo,
todas las canciones del mundo. Yo, como el río, no sé vivir
sin un abrazo. Y, como el río, muero siempre en un abrazo
que me desvela y confirma que la vida es noche, noche profunda
de olvido de sí en otro. Pero, ¡qué universal y qué dulce la vida
que queda del río, después de haber muerto, exhausto de tanto abrazar!:

césped suave y brillante de las praderas, para que lo pisen
los pies desnudos y alados de los niños, o sirva de lecho mullido
a los cuerpos vencidos de los amantes; tronco robusto
donde se encarama la savia rompiente de la primavera, y la noche,
entre sus ramas, despliega extática su telar inabarcable
de estrellas impacientes; donde el pájaro (no sin su pájara)
cuelga su nido de paz y de canciones, para festejar la vida
que se nos da, se multiplica y expande, como vuelo de inmensidad aprisionada.

Música, mucha música,  en el variado discurrir de sus aguas:
adagio	susurrante entre las piedras somnolientas del arroyuelo,
sinfonía estrepitosa y atronadora en el arrojo de las cataratas,
y canción melancólica,  romántica, en su fluir por  cañones y cañadas,
haciendo más largo el lamento de su entrega vigorosa y total.
(¡Ah, si los ríos no tuvieran música, serían cualquier cosa menos ríos!).

Yo, río, vida, abrazo, música, hombre, Antonio,
yo, tampoco sé vivir si no es cantando; tampoco sé morir
si no es amando. Por eso, como el río (como la vida misma)
¡yo tampoco tengo miedo a la muerte! (¿No es cierto que la muerte
sólo existe para los que no aman apasionadamente la vida, y que la vida
es más viva para los que no temen ya a la muerte?).

Por eso, yo, hombre, río, cauce para el amor, canción
para el camino, no tengo miedo a tener que dejar esta vida;
porque a mi paso, como cualquier río, pequeño o grande,
caudaloso o débil en su elemento, he podido -¡muchas veces!- saciar la sed
de un caminante fatigado que buscara, confiado,
alivio en mis aguas,  en mis márgenes reposo.

Porque nosotros, los humanos, hombres-río, mujeres-río,
multitud-río, -¡ríos que buscan otros ríos!-, caminamos,
caminamos, con esa sed profunda, que nos empuja desde dentro,
sin que nunca lleguemos a saber del todo
qué agua es la que  puede saciarla para siempre, para siempre…,
¡ese siempre que anhelamos como nuestra liberación definitiva y total,
y que es la verdadera cárcel en la que gemimos
víctimas de nuestra eterna insatisfacción!

Somos (paradoja de las paradojas), somos ríos con sed:
agua que puede saciar a otros pero no puede saciarse a sí misma.
Y buscamos y buscamos, para nuestra sed, el agua por todas partes,
de mil maneras, en solitario y en compañía; la buscamos con la garganta,
con los ojos, con el pecho, con las manos (porque la sed es patrimonio
de nuestro  entero ser); la buscamos con el corazón, y la buscamos
con el alma (y, al buscarla con el alma, sabemos que tenemos alma,
e intuimos que el alma de nuestro cuerpo es la sed, la misma insaciable sed)

Taladramos horizontes, cercanos y lejanos, en demanda del agua que nos sacie;
escarbamos cielos, penetramos cuerpos, tallamos hermosura en tosquedad,
navegamos melodías, desnudamos palabras, conjugamos los misterios
de la luz y el color, esculpimos silencios…:
todo, todo, para ver si alguna vez  -¡siquiera una vez!-
se calma esta sed  que somos, que nos empuja
hacia lo desconocido (¿lo inasible?),
como destino al que no podemos renunciar.

Yo, hombre, río, vida, abrazo, música, palabra, agua, silencio, Antonio, sed...,
yo confieso que deseo no se apague nunca esta sed, por acuciante que fuere;
que quiero ser siempre sed, y saber que sólo los otros
(hombres-río, mujeres-río, Dios-Río)
me pueden saciar, me pueden dar la verdadera armonía -el descanso
de mi ser-; que sólo el agua que corre de otros hacia mí,
de mí hasta otros, puede apagar este incendio de amor que me puso en marcha, Antonio-Río, desde las entrañas incandescentes de este misterio de pasión:
no poder vivir sin amar, ni poder amar sin estar muriendo en una entrega.

Y que, sólo el agua que se ha bebido en otra boca, sedienta como la mía,
en otro río, que corre como yo hacia la mar -que es el morir-,
certifica en mi corazón que nunca moriré; que tu sed y mi sed,
fundidas en una misma sed, es más caudalosa (impresionante,
sobrecogedora) que todos los ríos del mundo, y arrastra
irresistiblemente más allá de nosotros mismos,
más allá de nuestra propia sed  y de todas las músicas, canciones y danzas,
en que se resuelve el discurrir, sobre la superficie de la tierra,
del arrojo confiado con que brotan y se entregan
los manantiales del subsuelo virgen en los brazos de lo desconocido.

Sí, yo amo todos los ríos del mundo; yo para esto vine al mundo,
para ser río, que corre y corre a otro río, que corre y corre
a otras vidas, anhelando siempre el océano de un abrazo en que fundirse.
¡Y, qué pena, tenerme que morir, sin haber visto todos los ríos del mundo;
sin haberme bañado en todos los ríos del mundo;
sin haber bebido el agua de todos los ríos del mundo;
sin haber abrazado todos los cuerpos del amor
que, a mi paso, se reflejaron, un instante, en el fluir ansioso de mis corrientes!